11 de mayo de 2009

Trece años de no asistir...
Podriamos volver?

Hacía trece 13 años que nos habíamos inactivado completamente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; 13 años de no asistir. Mirando este tiempo desde el punto de vista temporal, ha sido mucho tiempo para la vida de un ser humano.
Hacía igualmente un tiempo similar que no orábamos individualmente, ni como matrimonio, ni como familia. Las Sagradas Escrituras pasaron a estar olvidadas en los estantes de nuestra bi-blioteca, sin ser abiertos ni leídas por años.

Cuando charlábamos de asistir la capilla algún día, nos justificábamos manifestando que no nos caía bien tal o cual hermano, entonces tranquilizábamos nuestra conciencia respecto de porqué habíamos dejado de buscar y obedecer a nuestro Dios.
Inevitablemente y transcurridos algunos años años, ya nos habíamos convertido en una mas de las personas que teníamos como único interés, las cosas materiales y temporales que nos ofrece el mundo de hoy, olvidados del extraordinario conocimiento del porqué estamos aquí y ahora, y, al haber perdido los susurros y la guía del Espíritu Santo, nos encontrábamos sujetos y vulnerables a las muchas y grandes tentaciones que la sociedad ofrece, viviendo nada más que la inmediatez, y tratando de encontrar algo de felicidad momentánea en distracciones que nos hicieran pasar un buen rato. Esta manera de encarar la vida se constituyó en el único objeto de nuestra existencia, no obstante comenzamos a percibir una cierta y cada vez más grande vaciedad interior, que no se podía llenar con las distracciones y actividades que ofrecía la sociedad actual.
Dejamos de tener amigos y vínculos con miembros de la Iglesia, y con el tiempo pasó lo inevitable; comenzamos a tener rispideces y discusiones entre nosotros (la influencia del Espíritu ya no estaba en nuestro hogar), y poco a poco comenzamos a distanciarnos como matrimonio, y nuestros dos hijitos comenzaban a darse cuenta que las cosas no estaban bien en casa. Nuestra vida social era muy escasa por lo que, al no tener familiares en Ushuaia, nos encontrábamos bastante solos.
Un buen día nos vino a visitar un miembro de la Iglesia que consideramos un buen amigo. Al percibir lo que nos estaba pasando, de una manera muy espiritual nos exhortó a concurrir a la capilla, y a esta sugerencia no pudimos decirle que no.
Volver a la Iglesia fue un bálsamo espiritual… ¡hacía tanto que no percibíamos la influencia del Espíritu Santo!
Pude observar a los hermanos en la reunión sacramental, me emocioné con los discursos y la clase de la Escuela Dominical - me parecía estar fuera de la influencia de este mundo – con gente que yo consideraba muy especiales, mucho más especiales que yo.
Volvimos a nuestra casa con mi esposa e hijos y todos comentamos lo extraordinariamente bien que nos habíamos sentido, y seguimos asistiendo a la capilla casi todos los domingos. Si bien faltábamos algunos domingos, nos dimos cuenta que necesitábamos asistir siempre, y domingo a domingo tomar la Santa Cena - la dureza de nuestros corazones en cuanto a las cosas espirituales se fueron desmenuzando – y poco a poco comenzamos a adquirir la humildad suficiente como para permitir que nuestro corazón tuviera reservado un lugarcito para percibir la suave y dulce caricia, y los susurros del Espíritu Santo.
Pasados algunos meses, mi hijo Gabriel a los 8 años, sintió grandes deseos de bautizarse, por lo que el presidente de Rama me entrevistó… ¡¡ y me encontró digno!! Y pude bautizar a mi hijo. Y luego pude efectuar otros bautismos. Y de esa manera, comencé a ejercer el sacerdocio que poseía. Mi esposa fue llamada a trabajar en la organización de Mujeres Jóvenes de la Iglesia, y comenzamos a sentirnos activos y útiles para los demás y para nosotros mismos.
Nos dimos cuenta que no estábamos solos, que en realidad los miembros de nuestra rama son una gran familia. Nos ha ayudado mucho el cariño y la amistad que todos nos han brindado, y estamos aprendiendo a aplicar el arrepentimiento en nuestras vidas al enderezar nuestros caminos y nuestros corazones, a orar en familia, a estudiar diariamente las escrituras, a realizar noches de hogar en la casa de buenos hermanos, y a anhelar estar en la capilla con todos ellos, en toda actividad que se realice, pues constituye un bálsamo para nuestras almas y alimento espiritual para nuestros corazones.
Agradezco a mis hermanos en la fe todo el amor que nos dieron y nos dan, por su comprensión y afecto, y por sobre todo por su amistad. Y fundamentalmente agradezco a mi hermano mayor Jesucristo y a nuestro Padre Celestial, por que han buscado la manera, de ayudarnos a volver, de hacerme saber que a pesar de todo, ellos siempre confiaron en que nosotros podíamos volver a ser sus hijos pródigos, a arrepentirnos y humillarnos ante Dios, reconociendo nuestros errores, y comenzar de nuevo, a vivir aprendiendo todas las cosas, desde nuestra existencia pre terrenal hasta el cómo volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. Por todo esto y por todas las grandes bendiciones que hemos recibido dejo éste, mi humilde testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Hno. Ricardo Gabriel Barcos