11 de mayo de 2009


Regreso al Hogar



El tiempo que estuve fuera de la Iglesia fue una época amarga e infructuosa. Seguí diversos caminos sin llegar a ningún lado; intenté mucho y no logré nada; y las obras que hice, a las cuales dedicara tanto tiempo, no permancieron; fueron heno y hojarasca y no resistieron la prueba de fuego por estar edificadas sobre un fundamento falso (te recomiendo que leas 1 Corintios 3: 13).
A la tarde de un día agobiador y decepcionante, me senté en el banco de una plaza concurrida, abrumado por el peso de la vida, que para mí parecía no tener sentido. ¡Qué difícil que es a avanzar en la vida cuando no se tiene un destino claro y se carece de mapa! A pesar de estar rodeado de gente, aquella tarde mis sentidos físicos ignoraron todo y a todos, y quedé aislado del mundo, masticando la amarga mezcla de mi soledad y mis derrotas. Entonces recordé mis días junto al Señor, cuando el ayuno, la oración y el estudio de las escrituras eran mi alimento, mi mapa y mi brújula. Recordé párrafos enteros de discursos y artículos de los élderes Kimball, Ballard y Brigham Young. Sobre todo, vino a mi mente la imagen del altar sacramental: los paños blancos y las bandejas con pan y vasitos con agua. ¡Qué no hubiera dado en ese momento por participar de aquellos emblemas en la serena y silenciosa majes-
tad del servicio sacramental!
Me sentía como el hijo pródigo que dilapidaba su fortuna (los dones que Dios me había dado) viviendo perdidamente.
Como ese hijo pródigo, yo también tuve hambre y quise comer de las algarrobas con que alimentan a los cerdos, pero el mundo no me las daba (de nuevo, te recomiendo que leas otra escritura: Lucas 15: 11-32). Me di cuenta entonces que tenía que cambiar; que debía tragarme mi orgullo o perecer. Sólo un necio, un loco o un desesperado poseído de un arrebato suicida, puede elegir la muerte a la vida. Yo también me equivoqué como pudiste equivocarte vos. Fui severamente corregido por nuestro Padre Celestial y debidamente disciplinado por la Iglesia, y no fue sino hasta que me arrepentí, humillé y me confesé ante Él, que fui restituido. Hoy es el día en que dejas de mendigar las algarrobas que el mundo no te dará, el día en que vuelves a la casa del Padre, tu casa. El camino del arrepentimiento es duro, pero no es ni eterno ni imposible de transitar. ¡Podés hacerlo! Podés presentarte ante tu presidente de rama y decirle: ¡Quiero volver! La escritura dice: “… y si tus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos, y si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1: 18). Cuando vuelvas, el Señor preparará el “becerro gordo” para ti y pondrá el “anillo en tu dedo”, el anillo que te convierte en coheredero con Él, rey y sacerdote, o reina y sacerdotisa, para Jehová tu Dios por siempre. ¿Por qué no habrían de regocijarse los cielos? Sí, el Señor hará fiesta cuando vuelvas, “porque estabas muerto y has revivido, te habías perdido y fuiste hallado”. ¡Volvé! ¡Tu Padre en los Cielos te está llamando!

Hno. Daniel Vera