21 de julio de 2009

Hermanas en la Fe

Decir que me sentí ofuscada es decir muy poco. ¿Como podía ser que mi presidenta de Sociedad de Socorro fuese tan mandona y desconsiderada?

Cuando recibí el llamamiento de consejera en la Sociedad de Socorro en el año 2002, nunca imaginé que estaba a punto de pasar una de las pruebas mas difíciles trabajando en la obra del Señor.
Alicia Molina, mi nueva presidenta, tenía mucha experiencia, ya que venía de una estaca organizada y muchos años de miembro de la Iglesia. No obstante, ¿eso era un buen motivo para imponer sus ideas y la forma en que debíamos llevarlas a cabo?
Desde mi punto de vista, faltaba que en vez de ser sus planes, fueran nuestros planes, antes de decidir llevarlos a la práctica.
¿Porqué no podía ser como la anterior presidenta, que demostraba tanto amor? Incluso me ayudaba con los muchos quehaceres en mi propia casa de vez en cuando. Ella comprendía que con mi embarazo casi a término, mis tres hijas pequeñas y mi casa en construcción, mi mejor esfuerzo consistía en apoyar las muchas actividades y tiempo de dedicación que mi esposo dedicaba a su llamamiento como líder misional de nuestra rama.
Yo no esperaba que esta nueva presidenta fuera a mi casa a ayudarme, ya que ella misma tenía una gran carga con su propio hogar, enfrentando sola la necesidad de su propio sustento y el de su hijo.
Pero aun así, no entendía su forma imperativa de plantear las cosas.
En contrapartida, comencé a faltar a algunas reuniones de presidencia e incluso me sentí tan desanimada, que llegó un momento que para una actividad de la organización, preparé la torta que me correspondía como asignación y llamé a la presidenta y le dije: “mirá, te llamo para avisarte que hice la torta y que te la voy a mandar porque yo no voy a asistir a la actividad”
Su “insensible” respuesta fue exactamente la que yo esperaba:
“¿Pero como que no vas a venir a la actividad? Nosotras somos las líderes”
“Ja! nosotras” (pensé yo) querrás decir “yo soy la líder que organicé esto”
Para entonces solo podía ver como opción mi relevo de este llamamiento, ya que estos malos sentimientos me impedían trabajar y solo quería dar por terminada nuestra relación. Estaba enojada, dolida y fuí a nuestra próxima reunión de presidencia con la determinación de hablar francamente y decirle de una vez que yo nunca iba a poder ser como ella pretendía que fuera.
Igualmente, consideraba que mis intenciones de seguir al Salvador eran sinceras, así que trataría de ser honesta y que el resultado de nuestra entrevista fuera “a la manera del Señor”


Trabajar en la Obra del Señor con la hermana Hibauza fue un aprendizaje... y una verdadera prueba de paciencia y longanimidad !!

"Estemos a las siete de la mañana, porque ese es el único horario que puedo.”
Las palabras de mi consejera resultaban inverosímiles. Pero esa actitud de desafío constante era permanente. Así que si yo, la hermana nueva de la rama que había sido llamada por el Señor para presidir la Sociedad de Socorro, tenía que demostrar mi compromiso con la obra, lo haría sin lugar a dudas.
“De acuerdo, las espero con algo para tomar” (contesté)... y llegó el día que me quedé sola en la capilla, esperando a mis consejeras con un mate cocido, para una reunión de presidencia a la que no se presentaron.
Yo no quería ponerme en actitud de criticar a quienes debía liderar, pero la falta de consideración de mi consejera me obligaba a tomar desiciones sola y “ponerme la organización al hombro”.
Estábamos en el reino de Dios sobre la tierra, así que confiaba que en algún momento el Señor tomaría las riendas del asunto.
Finalmente, ese día llegó.
Se presentó mi consejera tan desafiante como siempre, y me soltó una lista de reclamos muy extensa, que yo jamás hubiera imaginado que podría hacerme.
Pero luego de confesar sus malos sentimientos, yo también reconocí los míos. También le expliqué que me sentía frustrada y cuestionada. Y de esta forma, estando bajo oración, algo comenzó a cambiar en nuestros corazones. Surgió la pregunta: ¿como llegamos a esto? Nos dimos cuenta que los malos sentimientos fluyeron y no hicimos nada. La comunicación había fallado.
Reconocimos el problema e hicimos lo que tanto tiempo antes podríamos haber hecho: recurrimos al Señor.
Cuando terminamos de ofrecer otra oración, esta vez con el deseo de solucionar nuestro problema, no pudimos seguir siendo las mismas. Descubrimos en la otra a nuestra hermana que amábamos, que deseabamos acompañar, consolar y ayudar.
El regalo del Salvador no consistió en una presidencia de organización perfecta... sinó en una amistad más fuerte que los lazos de la muerte. (DyC 121:41 - 44)