Hermano Daniel Vera
¿Alguna vez han intentado liberar un animal atrapado? Yo sí. Y les aseguro que no es tarea fácil. Un día liberé un perro atrapado en una alambrada y me ocupó bastante tiempo, mucha paciencia y no poca comprensión. Cada vez que intentaba liberarlo, el animal me mostraba los dientes y me gruñía amenazadoramente. Me llevó una hora y una bolsa completa de bizcochos ganarme su confianza. Poco a poco fui acercándome a él hasta que estuve lo bastante cerca para acariciarle la cabeza. Sabía que podría morderme en cualquier momento, pero me arriesgué de todos modos porque me dolía mucho verlo así, gimiendo y desgarrándose. Cuando logré apartarlo del alambrado, y viéndose inesperadamente suelto, se alejó un trecho rengueando y se sentó a una prudente distancia para lamerse la pata lastimada y echarme de tanto en tanto alguna mirada vigilante. Cuando me marché del lugar, el perro me siguió unas cuantas cuadras, deteniéndose cuando yo me detenía y retomando la marcha cuando yo volvía a caminar. Pensé entre mí: “Cuando llegue a la estación, pido una soga y te llevo conmigo a casa”. Pero al llegar a la salida del parque Pereyra Iraola, en el acceso que llaman “Santa Rita”, a unos doscientos metros de la estación, el animal se detuvo en la bifurcación de la entrada, me miró unos segundos, dio media vuelta, tomó la calle lateral, se desvió por un sendero en el bosque y se perdió en la espesura. ¡Qué lástima! Si me hubiera seguido tan sólo unos metros más, habría tenido un amo cariñoso para cuidar de él por el resto de su vida. No supo discernir lo que era para su bienestar y felicidad.
Ese día los dos no supimos discernir. ¡Cuántas veces el Señor me extendió la mano y me liberó y yo no lo reconocí! Le mostré los dientes desde mi cueva y no quise que me pusiera Su collar.
He aprendido la lección. Y hoy quiero testificarles, a todos los que lean esto, que el collar de Dios no tiene cadenas; como dice la Escritura: “…podemos entrar y salir y hallar alimento…”. Pero en el mundo, aunque parezca que no tengamos collar, las cadenas son pesadas y dolorosas. Sin Cristo, esas cadenas pueden ser eternas. Les testifico que no hay amo más bondadoso y tierno que nuestro Señor. Él nos conducirá, sin correa, de vuelta a casa, a nuestro hogar celestial, y proveerá para nuestro bienestar y felicidad eternos.
Quisiera poder compartir con ustedes un testimonio impecable como el de algunas mujeres y hombres bíblicos, pero a mí me costó mucho aprender de y entender a mi Redentor y lo que Él hizo por mí. Él me liberó, derrumbó la alambrada en la que caí por necio; curó y vendó mis heridas. Él es mi Señor ahora y para siempre. Amén.
Ese día los dos no supimos discernir. ¡Cuántas veces el Señor me extendió la mano y me liberó y yo no lo reconocí! Le mostré los dientes desde mi cueva y no quise que me pusiera Su collar.
He aprendido la lección. Y hoy quiero testificarles, a todos los que lean esto, que el collar de Dios no tiene cadenas; como dice la Escritura: “…podemos entrar y salir y hallar alimento…”. Pero en el mundo, aunque parezca que no tengamos collar, las cadenas son pesadas y dolorosas. Sin Cristo, esas cadenas pueden ser eternas. Les testifico que no hay amo más bondadoso y tierno que nuestro Señor. Él nos conducirá, sin correa, de vuelta a casa, a nuestro hogar celestial, y proveerá para nuestro bienestar y felicidad eternos.
Quisiera poder compartir con ustedes un testimonio impecable como el de algunas mujeres y hombres bíblicos, pero a mí me costó mucho aprender de y entender a mi Redentor y lo que Él hizo por mí. Él me liberó, derrumbó la alambrada en la que caí por necio; curó y vendó mis heridas. Él es mi Señor ahora y para siempre. Amén.